Los deberes son uno de los indicadores más claros acerca del estado de la educación, del funcionamiento de una escuela, de la manera de enseñar de un docente, de la manera de aprender de un estudiante y de la manera de ejercer la labor parental por parte de las familias.
Así pues, la referencia fundamental para estos días de “escolarización en casa” serán, con mucha probabilidad, los deberes, y esto requiere que revisemos qué sabemos sobre ellos desde la perspectiva de la investigación educativa.
Relación deberes-resultados
Para empezar, la investigación ha demostrado con claridad que existe una correlación positiva entre los deberes y los resultados de aprendizaje. Sin embargo, ahora vienen los matices.Veamos:
- si los deberes son repetitivos y extensos, la correlación es negativa;
- si los estudiantes no perciben con claridad el propósito de los deberes, baja la implicación y entonces la correlación es negativa;
- por el contrario, si los estudiantes entienden que los deberes han sido bien diseñados, entonces la correlación es positiva;
- si el tiempo de realización de los deberes es demasiado largo, la correlación es negativa –y puede ser señal de que hay dificultades de aprendizaje–;
- si las familias interfieren demasiado en los deberes, entonces la correlación es negativa frente a las familias que estimulan la autonomía y la seguridad, cuya presencia tranquilizadora parece que genera una correlación positiva.
Precisamente en ese “depende” es donde está la clave que hace que los deberes sean un complemento útil para el aprendizaje, una pesada piedra sobre el tiempo de ocio del alumnado o, simplemente, una pérdida de tiempo.
Las cuatro ideas clave
Analicemos, pues, ese “depende” centrándonos en cuatro ideas fundamentales: finalidad, diseño, revisión y esperanza.- La primera clave para hacer de los deberes un factor de
aprendizaje es la finalidad de los mismos. La investigación ha analizado
diversas finalidades que van desde la práctica de conocimientos
adquiridos en el tiempo escolar, pasando por la expansión de esos
conocimientos o la transferencia a otros contextos, hasta finalidades
vinculadas con la evaluación o incluso de carácter punitivo, vinculadas
con el comportamiento en clase.
Solo cuando los estudiantes perciben coherencia entre la finalidad de los deberes y el aprendizaje, entonces los deberes tienen un efecto positivo en el aprendizaje; es decir, los deberes deben estar alineados, en una situación normal de clase, con las prácticas de aula y nunca deben servir para reprobar o castigar un comportamiento. En una situación de excepcionalidad como la que nos encontramos, las tareas que asignemos a nuestros estudiantes pueden recorrer todo el rango de “finalidades positivas” (práctica, expansión o transferencia de conocimientos a otros contextos) y esta finalidad debe ser obvia para nuestros estudiantes. - La segunda cuestión es el diseño de los deberes. Por un lado,
como ya hemos comentado, la calidad percibida por los estudiantes
correlaciona positivamente con los resultados de aprendizaje: los
estudiantes aprecian el esfuerzo por parte del docente por generar unos
deberes bien diseñados, lo cual podría venir a cuestionar los “deberes
de encargo” a partir de las actividades prescritas por el libro de
texto.
Por otro lado, parece que unos deberes con instrucciones claras, cortos, frecuentes y que los estudiantes puedan resolver con autonomía por suponer un reto ajustado a su nivel de desarrollo correlacionan positivamente con los resultados de aprendizaje.
En esta cuestión nos encontramos con el problema de la estructura de recursos humanos de nuestro sistema educativo: personalizar los deberes requiere un tiempo y una dedicación que supera la disponibilidad habitual del profesorado con las ratios actuales. Así pues, la defensa de ratios menores es, entre otras cuestiones, una lucha por disponer de más tiempo y mejores recursos para personalizar la enseñanza.
Sin embargo, en una situación como la actual tenemos que hacer el mayor esfuerzo posible por diseñar lo mejor que podamos las tareas que asignemos a nuestros estudiantes. Esto implica personalizar en la medida de lo posible las tareas en relación con el nivel de competencia, el conocimiento y los recursos de nuestro alumnado siendo especialmente conscientes de que los deberes, según la propia OCDE, pueden ser fuente de desigualdad.
En este sentido, un reto transcendental ahora es conocer cuáles son los recursos con los cuales cuenta el alumnado, diseñar contando con la realidad socioeconómica de las familias y, a partir de ahí, aportar las estrategias de andamiaje (ejemplos, guías, material de ayuda, tutorías telefónicas u online, etc.) necesarias para que nuestros estudiantes puedan realizar las tareas con el mayor nivel de autonomía posible. - En el mismo sentido, la revisión de los deberes es un ejercicio necesario para que estos tengan un impacto positivo en el aprendizaje.
Esta revisión tiene una doble función: por un lado, obviamente, ayudar e
informar al estudiante acerca de su ejecución de los deberes,
solventando los problemas que hayan podido aparecer durante el trabajo
fuera del aula; por otro lado, la revisión de los deberes es un
mecanismo interesante para la “regulación del aprendizaje”, que es la
base de la evaluación.
Por supuesto, no hablamos de “calificación”, sino de obtener datos acerca del avance de cada estudiante y de toda la clase para que el docente pueda, en el caso de que existan dudas o problemas, proponer las soluciones adecuadas –en este momento, por supuesto, por vía telemática–.
Es decir, la revisión de los deberes es un momento importante para el docente como investigador de su propia práctica y, aunque en una situación normal la ratio o el horario pueden ser problemas que impidan la observación serena o la respuesta personalizada, en una situación como la actual aportar un feedback de calidad a nuestro alumnado es quizás la labor más importante que podemos realizar por mucho tiempo que consuma y complicado que parezca. - En todo caso, el factor fundamental que nos gustaría comentar
respecto a los deberes no está vinculado solo con la actividad del
docente (definición de la finalidad, diseño y revisión de los deberes)
sino con un sentimiento necesario para el aprendizaje: la esperanza. Los
estudiantes deben poder enfrentarse a los deberes, como al aprendizaje
en general, con esperanza, es decir, siendo capaces de ver un camino
para llevarlos a cabo y contando con que disponen de los recursos para recorrerlo.
La esperanza, que implica conocer el camino y tener capacidad para recorrerlo, está en la base de una actitud orientada hacia el éxito, como también ocurre con la autoestima y una percepción positiva de uno mismo.
Diferentes “perfiles de esperanza” hacen que sean más o menos probables ciertos comportamientos académicos que inciden positivamente en el aprendizaje, como hacer los deberes, estudiar o participar en clase, y nuestra obligación ahora es promover un “perfil de esperanza” positivo respecto al aprendizaje para todo nuestro alumnado en todas las situaciones de vida posibles.